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El bien y el mal



Miguel González Avelar
miguelga@aol.com
Ilustración J. L. Heredia



El mal es banal, el bien también. Anna Harendt mostró y comprobó (Eichman en Jerusalén) que los malos no son necesariamente caracteres siniestros dedicados a cometer atrocidades con plena conciencia y satisfacción por lo que ejecutan. El Holocausto, aquella danza macabra poblada de fantasmas y muertos, es el ejemplo supremo, sin ser el único, de verdugos tranquilos y la mayor parte del tiempo "normales", capaces de escuchar a Beethoven y escribir tiernas cartas a sus familiares. Recuérdese a este respecto la famosa película The Schindler List.
Cuando el general Eisenhower, en 1945, mostró a los pueblos vecinos los campos de concentración y la obra que en ellos se realizaba, la mayoría de la gente se mostró asombrada, y no pocos avergonzados. Diríamos que el mal, y la conciencia de lo que estaba ocurriendo a sólo centenares de metros de sus casas, se había burocratizado; había perdido sentido. De aquí concluye Anna Harendt en la banalidad del mal.
Asombrosamente, lo mismo puede decirse del bien y sus autores. Bastaría echarle una mirada a las hagiografías cristianas para advertir cuán banal puede ser el bien. Cuán burocrático llega a ser en la vida de los santos; cuán irrelevante como hazaña personal. Y si esto es verdad, entonces la ética, como construcción histórica y testimonio de civilización, cae estrepitosamente. Seguimos siendo primates movidos por instintos buenos y malos. Según esto, una historia animal nos precede y otra igual nos aguarda.
Razón y evolución
Para que fuera de otra manera tendríamos que vincular la conducta a la razón. Cada uno de nuestros actos, minuto a minuto, debería ser fruto del razonamiento. Todos y cada uno. Porque la razón es lo único que reconocemos como plenamente propio de la humanidad. Tal vez ocurra que tenemos una corteza cerebral —donde radica lo humano— aún muy delgada. Insuficiente todavía para dar el salto definitivo de la animalidad a la humanidad. Algunos hombres han dado ese salto y han quedado en la Historia como paradigmas de nuestro anhelo. Buda, Sócrates, Jesús son algunos de ellos. Es seguro que ha habido miles más, pero no los conocemos.
Estamos evolucionando. Nuestra corteza cerebral se engrosa y cada vez podemos notar un mayor número de personas beneficiadas por este fenómeno. Pero no podemos observar su total generalización. Sí podemos percibir, en cambio, el ambiente responsable y cordial que ellos generan a su alrededor. La capacidad de responder por lo que hacen. Su evidente proceso de humanización. ¿Se podrá acelerar este proceso? Quizá la razón pueda guiar a la evolución. Ojalá.

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