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Música francesa (II/III)



Eusebio Ruvalcaba
eusebius1951_2@hotmail.com
Ilustración O. Moctezuma



¿Por qué Ravel?
Porque Ravel es uno de los pioneros más sólidos de la música en general y de la francesa en particular. En su música nada sobra ni nada falta. De arquitectura perfecta, sin embargo es arrojado, tan arriesgado como un trapecista sin red. Por eso su música siempre se escucha fresca, nunca tiesa ni acartonada. Enemigo de las complacencias romanticoides, de lo "bonito", pese a eso su música está cuajada de sustancia y emoción. Como si precisamente se hubiera propuesto lograr lo contrario: conmover hasta lo indecible, regla de oro de todo romántico. Genio incansable de la búsqueda formal, cada título de su abundante producción constituye un nuevo tratamiento, implica una visión más novedosa, un enfoque más rotundo y decidido. La suya es una obra que crece en el oído y en el espíritu conforme se la escucha. Tarea nada fácil para quien desconfía de su propia música. Como lo fue el caso de Ravel.
¿Por qué Satie?
Porque representa un alto en el camino. Compositor que jamás podía tomarse a sí mismo en serio, que veía en la música el mejor camino de reunir desparpajo e imprevisibilidad, no había poder humano que lo convenciera de la necesidad de estructurar una obra de acuerdo con los cánones establecidos. Para él, la música había de trazar sus propios caminos, sin ismos ni orientaciones de ninguna especie. De ahí que se sorprendía de que su música gustara lo mismo que la de sus contemporáneos inmortales, que sumaban varios. Cuando su ballet Parade provocó un escándalo más allá de la Consagración de la primavera, el mismísimo Ravel tuvo que ir a sacarlo de la oreja al Chat Noir, cabaret donde tocaba el piano.
¿Por qué Poulenc?
Porque su música semeja una lluvia amable y refrescante, bajo cuyas aguas se antoja empaparse. Porque es un hervor de ideas frescas y novedosas, resueltas en chorros de música palpitante.
Fantasías
Quién más quién menos, cualquiera que escuche a Poulenc y cierre los ojos, se transportará a un oasis donde todo está hecho a la medida de quien oye. El cuerpo se distiende cuando aquella música lo hace suyo. En ese paisaje sonoro no existen repeticiones monótonas, menos arrebatos devastadores, y mucho menos, pero mucho menos, vaho moribundo. Dan ganas de escucharlo ilimitadamente por esas dotaciones suyas, insólitas y acogedoras. Conocedor profundo de los alientos lo mismo en su parte técnica que en su misterio, no cesa de ingeniar combinaciones que nos acarician el oído. Y el alma.
Porque vaya que si estamos habituados a las mixturas convencionales sobre todo en lo que a la música de cámara se refiere, y a pensar que ahí se acabó todo. Poulenc, siguiendo el ejemplo de los suyos y las órdenes de su propio ímpetu creador, va mucho más allá y pone sobre la mesa su juego abierto: dos pares, tercia, full, póker, escalera, flor imperial, que de modo insaciable nos colma el espíritu.
¿Por qué Poulenc?
Porque contra viento y marea las mujeres lo escuchan y le declaran su amor a los varones. Y los varones lo escuchan y descubren la fantasía en la música.

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